lunes, 29 de diciembre de 2008

·30 años sin Maysa Matarazzo





Treinta años sin Maysa Matarazzo La canción del amor más triste
ALFREDO FRESSIA
EL 22 DE ENERO de 1977 moría en un accidente automovilístico la cantante y compositora Maysa, conocida también con el apellido Matarazzo, tomado de quien fuera su marido. Tenía 40 años de edad. Quedaron de ella las grabaciones de una voz grave, envuelta en tristeza como en un terciopelo, la imagen de una mujer consumida por los amores o por el alcohol, y una biografía sistemáticamente narrada por una prensa instigada y muchas veces desorientada por la protagonista.
No es cruel decir que Maysa tuvo el destino que tienen los boleros y las baladas de amores fracasados. A unos y a otros los cantó magníficamente. Su música fue el fondo sonoro de todas las incertidumbres amorosas, ayudó a expresar las zozobras más íntimas y hasta los naufragios más inconfesables de varias generaciones. Y por eso mismo nunca cayó en el olvido.
Treinta años después de su muerte, Maysa continúa cantando esas canciones nostálgicas que los brasileños llaman "de fossa" y su vida acaba de ser revisitada en una biografía monumental que lleva su nombre, subtitulada "Só numa multido de amores", obra de Lira Neto (Ed. Globo/Bicbanco/Ministério da Cultura, San Pablo, 2007).
AMPLIA INVESTIGACIÓN. El relato de Lira es cauteloso y muy bien apoyado en documentos que no habían sido explotados hasta el momento, como los cuadernos de un diario íntimo que Maysa llevó casi siempre (y que se vuelve significativo hasta cuando se interrumpe) o una autobiografía inconclusa e inédita. Incluye además una investigación de dos años con una larga lista de entrevistas con testigos de la vida de Maysa, en Brasil pero también en Argentina y en Europa. No figura ningún uruguayo entre los entrevistados, aunque Montevideo y Punta del Este hayan sido lugares repetidamente frecuentados por la cantante.
El libro de Lira puede ser leído por especialistas como un documento que, más allá de narrar una biografía, pone en discusión las etapas de la música popular brasileña, muy en particular las aportaciones de Maysa a la bossa nova. Finalmente, el autor recrea parte del espíritu de los años que van desde 1950 hasta mediados de los 70, cuando la televisión era una novedad, cuando resultaba prestigioso ser "existencialista", o tener una motocicleta (y tantas utopías), hasta la euforia nacionalista de los regímenes militares, un silenciamiento lleno de gritos cuando ya no había más lugar para las baladas de Maysa.
MARCADA. Maysa nació el 6 de junio de 1936 en Río de Janeiro. Su familia era de Espirito Santo, y pasará su infancia y su primera juventud en San Pablo, pero la madre prefirió que el parto ocurriera atendido por su suegro, que era médico y senador en la entonces capital del país. El nombre "Maysa", extraño y sugestivo, resultó sin embargo de una idea bastante extravagante de su madre: mezclar la sílaba inicial y la sílaba final del nombre de su amiga María Luysa (sic). Era gente de la clase media alta. Su padre era fiscal de impuesto a la renta, y residían en el centro de la capital paulista. Eran bohemios, frecuentaban las casas nocturnas de la época, la niña Maysa tocaba la guitarra, lo que era impensable entre las jóvenes de entonces, para quienes el piano era casi un destino. Su padre, Alcibíades Guaraná Monjardim, ya era un generoso consumidor de alcohol. "Guaraná, sólo en el apellido", avisaba al presentarse.
Maysa fue la prueba viva de que una imagen pública se construye en gran parte fuera de la voluntad personal del protagonista, casi como un destino, se podría aventurar, o como si realmente la vida imitara al arte. Por más improbable que resultara, la joven Maysa, futura cantora de boleros, conoció aún adolescente a André Matarazzo, un perfecto representante de la pujante burguesía local, miembro riquísimo del ya millonario clan de los Matarazzo, inmigrantes italianos ennoblecidos además por Vittorio Emmanuele III (al menos, el patriarca, Francesco, fue Conde desde 1917 por la ayuda prestada a su país). Y tenía que ocurrir que se casaran, ella a los 18 años, por más que él le llevara 17. Fue en la Catedral, claro, y el casamiento, el 24 de enero de 1955, ocupó largamente las columnas sociales del país.
Pero la muchacha, que escribía poemas y les daba música, quiso ser cantante, y eso ya era inadmisible para una Matarazzo. André consintió en que grabara un disco, Convite para ouvir Maysa, en el entendido de que la renta que produjera se entregaría a una institución de caridad, y siempre y cuando el apellido Matarazzo apareciera discretamente en contratapa y que el mismo rostro de la joven fuera reemplazado en la carátula por un ramo de flores. Así ocurrió, pero la joven era todavía una Matarazzo, de modo que primero tuvo a su único hijo, Jaime, y sólo después entró en los estudios de grabación.
Ese disco, de 1956, reveló a una cantante magnífica, y si para muestra basta un botón, los títulos de las ocho canciones que contenía ya decían todo el espíritu elegíaco de Maysa. Los temas son suyos y se llaman: "Marcada", "No vou querer", "Agonia", "Quando vem a saudade", "Tarde triste", "Resposta", "Rindo de mim" y "Adeus". Quienes pensaron, sorprendidos, que nada podría ser más dark, se equivocaron.
SOMBRÍA. Porque Maysa todavía debía pasar por la etapa de difusión de su disco en radios y televisoras, en San Pablo y también en Río de Janeiro, y una Matarazzo cantando en programas de TV era definitivamente inaceptable. El divorcio tenía que sobrevenir, y entonces, mal vista por la alta sociedad y con su imagen pública encarnando el dolor de la separación, tenía que cantar (espléndidamente, es casi inútil decirlo) las baladas, los sambas-cano y los boleros más tristes, incluyendo los mega-éxitos "Oua" y "Meu mundo caiu", de su autoría, que la acompañarían toda su vida, y los de Dolores Duran y Antonio María, además de Tom Jobim y Vinicius de Moraes.
A su repertorio musical, y para entender mejor al personaje que se creaba, se deben agregar otras informaciones que se superponían en su imagen: la notoria adicción al alcohol, los cuatro paquetes diarios de cigarrillos, los muchos amores efímeros, la ropa oscura, o simplemente negra, que también ayudó a componer esa imagen dark, pero que ella usaba básicamente para disimular los quilos contra los cuales siempre lucharía.
Más que una cantante, Maysa fue un relato, con mucho en común con el de los boleros que cantaba. Y el Brasil se enamoró de esa historia, esa mujer de inmensos ojos verdes ("dos océanos no pacíficos", los llamó el poeta Manuel Bandeira), esa imagen sombría, amarga, frágil, tantas veces tentada por el suicidio. Y no fueron sólo los brasileños los seducidos, los uruguayos captaron a Maysa inmediatamente. De hecho, su primer viaje profesional al exterior fue a Punta del Este, en enero de 1958. Su éxito fuera de Brasil empezó en el Río de la Plata (Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este estarán siempre presentes en su vida) y siguió por toda América Latina. Impresionan en la biografía de Lira los documentos sobre el interés y el cariño que despertaba Maysa en Perú, México, Colombia, Venezuela, una devoción que quedará evidente en la tournée de mediados de 1968.
El amor a ese personaje público llamado Maysa Matarazzo -ya que ese apellido le quedará frecuentemente adherido, sobre todo en Hispanoamérica- no se extendió a Estados Unidos (una temporada en Nueva York en 1960 no rindió los frutos esperados) ni a Europa. Maysa, que vivía con el español Miguel Azanza desde 1963, residió algunos años en Madrid, y aun en Milán (con retornos e interrupciones, desde 1963 hasta 1968). Llegó a cantar en una ocasión en el mítico Olympia de París (1963) pero su verdadero, fervoroso público estuvo siempre en Brasil y el resto de América Latina.
TARDE TRISTE. En sus veinte años de carrera hubo varias Maysas. Como cada vez que hacía un tratamiento antialcohólico y cada vez que adelgazaba ("No perdí quilos, perdí litros", dirá en Pasquim, julio de 1969), una nueva Maysa resurgía. Fue la Maysa de la bossa nova, junto a Ronaldo Bôscoli, del LP Barquinho (1961). Fue la que "volvía" en la cervecería Caneco de Río de Janeiro en 1969; era la Maysa de las canciones internacionales (en inglés, en español, en francés; fue inolvidable su "Ne me quitte pas", otro caballito de batalla de su repertorio).
Con cierta frecuencia Maysa se peleaba y se reconciliaba con el Brasil. Durante algunos años se negó a cantar en su país ("Hace tiempo que no voy. No quiero volver, al menos para cantar. Allá no existe respeto humano. Les gusta ver a la gente caída, arrastrándose. Prefiero la Argentina", declaró en 1968 en Buenos Aires).
La relación de Maysa con la música del Brasil fue efectivamente movida a pasiones. Su vida fue breve, como la de otras dos musas de la música popular brasileña, Nara Leo (1942-1989) y Elis Regina (1945-1982). Las tres resultan bastante incomparables, por más que cada una a su modo se haya inscrito en parte en lo que fue la bossa nova. Por lo demás Maysa mantuvo con ambas relaciones muy tensas (a Elis, no vaciló en arrojarle una botella de whisky a la cabeza, en la boite 706 de Río, el 25 de octubre de 1966, convencida de que Elis la había querido dopar colocándole un sedante en la bebida, en ocasión de cierto Festival del que ambas participaron). Y de Chico Buarque dijo en cierta ocasión: "Es un muchacho de ojos lindos y un excelente letrista, pero sus melodías son repetitivas y meras copias de lo que Noel Rosa ya hizo décadas atrás" (1968, a periodistas portugueses). Finalmente, en la misma ocasión agregó que "Roberto Carlos no puede ser tomado en serio".
El fin de su vida puede haber sido más calmo. Compró un terreno en la playa de Maricá al norte de Río, se negó a las presentaciones públicas durante un período, mientras vivió tal vez un gran amor con un actor de culebrones televisivos, Carlos Alberto. Ambos parecen retirados del mundo en los años 1973 y 1974. La calma no iba a durar mucho, porque Maysa se enamoraría de un director de orquesta, Julio Medaglia. Pero era el fin. Su último espectáculo fue una temporada en la boite Igrejinha de San Pablo entre noviembre y diciembre de 1975. Murió un año y dos meses después en un accidente en el puente Río-Niterói, inaugurado hacía dos años.
Maysa, "exagerada", según la ha llamado un crítico local, exagerada en el alcohol, en el amor y en la amargura, en el dinero que ganó y que derrochó, en su talento, que excedió a la cantante y llegó a la composición, al teatro (Woyzeck de Georg Büchner, en 1971, que también produjo y donde perdió su fortuna) y la telenovela (O cafona, también de 1971, donde hacía de cantante alcohólica separada de un aristócrata), Maysa, la que renacía del alcohol, y a él volvía, hasta pasar noches en claro en las calles con los clochards de París, Maysa murió sobria. Así lo atestiguan los análisis póstumos de sangre. Y con la esperanza de vivir en paz, agregaría el relato que uno quiere, necesita atribuirle. Lira Neto eligió el nombre del LP de 1970, Ando só numa multido de amores para dar un subtítulo a su obra. Hubiera podido escoger el de 1962, Cano do amor mais triste, para demostrar que, como Maysa, somos todos irremediablemente románticos.
Depresión
CLARICE LISPECTOR
"MAYSA es un símbolo de resurrección. Fuertemente deprimida cuando dejó de cantar, no se esperaba que tuviera fuerzas suficientes para rehacer su vida. Y de pronto surge una mujer más que linda, y más fuerte que antes. Reconstruirse se volvió la palabra más importante entre todas. Quien ya se levantó varias veces de las cenizas sabe cómo es, al mismo tiempo difícil e imposible la propia reconstrucción".
Maysa moderna
GAL COSTA
CONOCÍ a Maysa a mediados de la década del 70 en un viaje en tren de San Pablo a Río de Janeiro. Ella estaba en la cabina del restaurante cuando entré, con la timidez que me es peculiar y que me trae también un cierto aire de misterio, de charme. Me senté cerca de ella y terminé, no sé cómo, sentada en la misma mesa de ella, a las carcajadas de alegría y de placer. Maysa era solo magia, fuerza, seducción. Una mujer atractiva, inteligente, acompañada de una eterna angustia existencial.
Compartía con ella los momentos más placenteros de una amistad que parecía duradera, si la muerte no la hubiese arrebatado para "casi" siempre. Digo "casi siempre" porque sé que aquella energía tan especial que tuve la alegría de experimentar a su lado, debe estar almacenada en algún lugar de este inmenso infinito. Una energía como la suya no puede perderse o acabarse de repente. Ella está viva en su obra, en su perenne imagen de mujer-diosa, en su belleza. Maysa fue una mujer moderna para su época, una cantante apasionada, de talento poco común .(...) Era evidente que se trataba de una mujer decidida y firme en las elecciones de lo que quería hacer, cantar y obrar. Personalmente, ella era delicada y poco impositiva, aunque en su carrera obrase de modo determinado.
(...) Ella era una profesional bastante exigente y conocía de lejos cuando una situación valía la pena. Tenía ideas súbitas de hacer "parcerías" (espectáculos compartidos), presentaciones y nuevas canciones, en proyectos que el tiempo no nos permitió cumplir. (...). Maysa, independientemente de su repertorio romántico y pasional, fue una mujer moderna. Moderna en el sentido de tener espíritu inquieto, de creer en actitudes fuertes, de mostrar opinión propia en asuntos considerados poco convencionales y por vivir de aquel modo lleno de audacia. Ella continúa siendo una presencia incomparable en la Música Popular Brasileña. Nadie se parece a Maysa y difícilmente surgirá otra cantante de su estilo.

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